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La guerra antitabaco lleva más de 400 años

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La moda de la prohibición de fumar se ha ido generalizando en Europa y ocurren cosas tan curiosas como que en un cofee shops de Amsterdam puedes fumarte un “porro” de marihuana o hachís sin ningún problema y sin embargo debas irte a casa a fumar un simple cigarrillo.
Como en Chile, nuestros “protectores” progres, son tan obsesivamente aficionados a las tendencias del viejo continente, es casi seguro que querrán importar esta moda, haciendo honor al síndrome del indio con espejo que acepta sin reparos ni cuestionamientos cualquier disparate sólo por su origen, sin importar su efectividad real.
¿Sabías que uno de los grandes cruzados de la historia más reciente fue nada menos que Adolf Hitler quien promovió en 1942 una feroz campaña para acabar con el tabaco en Alemania a base de prohibir fumar en lugares públicos?. Consideraba a esta estimulante sustancia como una especie de venganza de los indios sobre los blancos por haberles intoxicado con licor.
A los progres les importará muy poco por ejemplo que estos intentos de prohibiciones sean tan antiguas como la llegada del tabaco “al otro lado del charco”, las que a poco andar acabaron siendo derogadas por su ineficacia.
Nada le importará por ejemplo que el primer intento de proscribir su consumo fue en 1624 cuando el Papa Urbano VIII y decretó la excomunión para cualquier cristiano que fuese sorprendido fumando. Luego el Sultán Murad IV prohibió el tabaco en todo el Imperio Otomano en 1633 el castigo podía ser la muerte, y se llegó a ejecutar hasta a 18 personas diarias por crímenes de tabaquismo.
En 1634 zar Miguel de Rusia prohíbe fumar y castiga a quien lo sigue haciendo con incluso el exilio a Siberia. Progresivos endurecimientos llevaron a sentencias de pena capital para reincidentes.
Estados Unidos también tiene similares experiencias al respecto, como en Massachusetts en 1646 y en Connecticut al año siguiente y luego en varios otros estados en el siglo XIX y luego en 1920 se presenta a las elecciones presidenciales Lucy Gaston, fundadora de la Liga Anti-cigarrillos de América , todas con casi ningún éxito. Lo curioso de esto es que ocurría mientras los productores de tabaco estadounidenses crecía al amparo de políticas de estímulo a la industria.

Existen también otros casos con similar suerte como en Iran cuando en 1891el Gran Ayatolá Haji Mirza Hasan Shirazi emite una fatwa prohibiendo el consumo o comercio de tabaco a los chiíes en el marco de una revuelta contra el gobierno por las concesiones tabaqueras a Gran Bretaña; esto provoca la llamada Rebelión del Tabaco.
Pero nada importará. Sólo importa que se está imponiendo en Europa y con eso basta.

¿ Legalizar el tráfico de drogas o mantener el prohibicionismo ?

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Ambas son alternativas que tienen externalidades negativas y cualquiera sea la conclusión, estaremos en el mejor de los casos, optando por la menos mala.
El punto es, ¿cuál es la menos mala?
Al menos de una de ellas conocemos muy bien sus consecuencias porque en la mayor parte del mundo -nosotros incluidos- el tráfico de drogas está proscrito y, por lo tanto, conocemos de primera línea los efectos de la denominada “guerra contra las drogas”.
En México las muertes por hechos de violencia ligados al narcotráfico se cuentan por miles sólo en lo que va corrido del año. Se han producido fugas masivas de mafiosos desde las mismas cárceles en concomitancia con las propias fuerzas de seguridad. La red de corrupción ha logrado penetrar al poder político y judicial. Todo esto sin contar la experiencia vivida por Colombia y las decenas de miles de muertos provocada por los carteles, el narcoterrorismo y las “guerras sucias” que llevan aparejado.
Por otro lado, pensar en la legalización no es un tema tan sencillo, empezando por que cualquier país que quiera legalizar las drogas deberá repudiar toda la normatividad internacional y atenerse a las consecuencias.
Las posiciones hacia las drogas en cuestión son paradójicas. Muchos de los críticos al neoliberalismo abogan por políticas neoliberales hacia las drogas, y, viceversa, muchos neoliberales apoyan el prohibicionismo. Hay sin embargo posiciones consistentes como las de economistas liberales y libertarios que apoyan la legalización.
Toda esta historia ya se había escrito a principios del Siglo XX, especialmente con la experiencia de la Ley Seca.

La experiencia de La Ley Seca

En diciembre de 1919 entraban en vigor en los Estados Unidos los efectos de la XVIII enmienda a la Constitución. El Estado prohibía la producción, la venta y la importación de todas las bebidas alcohólicas, e incluso tenerlas en casa propia: desde los whiskies más potentes a las cervezas más ligeras. Las consecuencias de aquellas medidas, "moralmente positivas", fueron desastrosas y contagiaron a todo el país, con distorsiones que llegan hasta hoy. De hecho, como la gente no se hace "virtuosa" por decreto ley, se organizó de inmediato una economía paralela: destilerías clandestinas, contrabando a escala industrial de Canadá y de México, apertura de cantidad de bares, también clandestinos. Según datos de la misma policía, en 1926, sólo en Nueva York los bares ilegales eran más de 30.000. Las mafias presentes en los Estados Unidos habían actuado con frecuencia hasta entonces a nivel de barrios. Con la ley prohibicionista se crearon poderosas cosche (grupos) -; nunca hubo tantos muertos como en aquellas guerras entre bandas - que gestionaban el tráfico de las bebidas alcohólicas. Estas, además, procediendo de destilerías clandestinas, eran a menudo de pésima calidad y provocaban a la salud perjuicios mayores que las "legales".

En aquellos 14 años creció y se hizo inextirpable la delincuencia americana que ha llegado hasta hoy. En efecto, cuando el prohibicionismo fue abolido, las mafias, ya muy poderosas, se dedicaron a crear salas de juegos, burdeles, producción y comercio de drogas, chantajes, secuestros. Y no sólo eso: apoyados en los inmensos capitales acumulados y en los acuerdos secretos con las autoridades durante el "régimen seco", prosiguieron y completaron la corrupción de la policía y de la clase política.
Hasta la promulgación de la ley prohibicionista, el americano medio había vivido en el culto de la ley. Pero entonces, frente a un Estado que brutalmente le impedía tomar una cerveza o un vaso de vino en una fiesta de familia, también el obrero, el empleado, el ama de casa cayeron en la la ilegalidad. Por su parte los jóvenes tomaron la ley prohibicionista como un desafío a su libertad; vieron en el Estado una especie de tía moralizadora e insoportable. Y así hasta los abstemios se pusieron a frecuentar los bares clandestinos.

Como siempre sucede, los propósitos de las "almas buenas", aplicados en otros tiempos, consiguieron el efecto bumerang. Los intentos, - al estilo Robespierre - de imponer la virtud (suponiendo, entre otras cosas, que el ser abstemio sea de por sí igual que ser "virtuoso"...), provocó en los años veinte del siglo XX, como ha sucedido en toda época, una inmoralidad jamás vista hasta entonces.

La tentación prohibicionista.

No podemos asociar las drogas como cualquier otro producto que se transe en el mercado. Requeriría por lo demás una estrecha regulación, acompañada también por políticas de prevención y rehabilitación adecuadas. Esto no es una tarea fácil, pero la considero más adecuada que dejar que el instinto prohibicionista se imponga.
El instinto "prohibicionista" está siempre al acecho. Hoy la ferocidad moralizante, arropada de óptimas intenciones ("¡Es por el bien de la gente!"), después de haberse desencadenado en la caza al fumador, ha comenzado ya la cruzada contra la obesidad. Después de haber llenado, como fariseos satisfechos, lo que no puede llenarse, de carteles No smoking, los puritanos de siempre nos controlan ahora el plato, nos cuentan las calorías, el colesterol, las grasas saturadas y no saturadas... Mientras que el prohibicionismo de América de los gangsters nacía sobre todo de motivaciones religiosas y moralizantes, ahora los nuevos cruzados no se preocupan ya de nuestra salvación, sino de nuestra salud física.
De ahí también la orgía creciente de imposiciones.

Guerra contra las drogas: Un final conocido.

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Si se le consultara a un poderoso narco, cuál es el mejor escenario posible para asegurar la rentabilidad de su negocio y su poderío, éste respondería: "La guerra contra las drogas".Si no fuese por esta estúpida guerra, los narcos serían unos simples cogoteros con casi ningún poder de corrupción y más fáciles de atrapar.
La guerra contra las drogas es como combatir una infección con exceso de antibióticos. Sólo logran hacerla más poderosa e invulnerable. Es una película con final conocido como Titanic
Ni aún Estados Unidos con el ejército más poderoso del mundo ha podido ganar esta guerra, más aún, la está perdiendo porque lucha contra un enemigo que no se puede bombardear ni encarcelar, es evasivo y persistente, un verdadero Duro de Matar. Este enemigo ha sido el responsable de la caída de los regímenes más poderosos y y represivos del mundo. Este adversario es La Naturaleza Humana.
La droga siempre ha estado en la naturaleza, aún antes que el hombre apareciera sobre la faz de la Tierra. Siempre existió, ha estado siempre ahí al alcance de todas las civilizaciones, cuyos nocivos efectos se han dejado sentir contra reyes y faraones, esclavos, bugueses, vasallos y patricios.
La adicción es una enfermedad que se puede prevenir y ayudar a curar con sólo una fracción de los recursos que se destinan a esta inútil lucha.
Si el helado de frambuesa se declarase ilegal, surgirían nuevas mafias y este negocio se tornaría extremadamente rentable. Veríamos flotas de aviones detectando desde el cielo las plantaciones de frambuesas. La mayoría de los que actualmente se dedican a sembrarlas no estarían dispuestos a seguir en el negocio y éste pasaría a manos de aquellos que están habituados a actuar fuera de la ley, es decir, de los delincuentes. Aquellos que están dispuestos a corromper, secuestrar e incluso a matar por ello.

 

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